L’invasion de Paris

Melodías no polifónicas. Pantallas en dos colores. Movimientos limitados por 4 o 6 botones. Pantallas. Vidas. Arcade.

Todo esto suena muy vintage, muy a 2D, muy a años 80… queda en el pasado. ¿O no? Es cierto, las modas vuelven, Super Mario sigue sacando nuevos juegos y cualquier moderna que se precie tiene una funda con forma de casette o VHS para el iPhone. Nadie se sorprende… hasta que se encuentra con una seta pixelada o un Space Invader acechándole desde la esquina de una calle. ¿Nos están atacando los marcianos de forma retro, sucumbiendo también ellos a la moda? ¿Acaso la Comic-Con está currándose la publicidad este año más de lo normal?

En realidad, lo más probable es que nos hayamos topado con una de las piezas de Invader, el artista callejero francés por excelencia.

Habiendo comenzado su invasión en los años 90, hay pocas calles de París que no tengan al menos uno de los cientos de mosaicos basados en videojuegos ochenteros de este creador. Al más puro estilo de otros artistas callejeros como el inglés Banksy (del que es amigo personal, como demuestran en el ‘documental’ Exit through the gift shop) o sus compatriotas galos Leo&Pipo, mantiene su identidad en secreto para evitar represalias legales por su vandalismo clandestino, aunque sus obras han alcanzado ya el suficiente renombre como para haberle permitido exponer en grandes galerías de arte y, en algunas de las ciudades que ha ‘invadido’, su presencia se ha convertido en un atractivo turístico más a explotar.

Sin mensaje reivindicativo ni político, la intención del artista es la de expandir sus pequeñas criaturas por el mundo, lo cual no implica para nada que las reparta simplemente por cualquier rincón. El emplazamiento de cada pieza es seleccionado cuidadosamente de antemano, en la fase que Invader define como más agotadora pero más emocionante. La idea es buscar puntos difícilmente accesibles pero claramente visibles, en lugares por los que haya un cierto flujo de gente. Después viene la creación del mosaico en sí, a medida, con su propia historia, en el taller. Y finalmente, en el misterio de la noche, aunque no especialmente a escondidas, la instalación.

El mortero que los fija a los muros es lo suficientemente fuerte como para dificultar su despegue, ante la evidente tentación de coleccionistas o vecinos molestos, lo que implica que el primer invasor, que apareció en las inmediaciones de la Bastilla a mediados de los 90, haya sido cubierto por un espeso enfoscado. A pesar de todo, el Museo del Louvre permanece intocable: ninguna pieza situada sobre sus muros ha durado más de una semana.

Cada pieza está numerada, y es fotografiada e indexada inmediatamente después de su instalación, permitiendo al artista editar sus ‘mapas de invasión’ y editar cada varios años guías de las diferentes ciudades en las que ha actuado de forma masiva, como el recientemente publicado segundo tomo de la capital francesa, ‘L’invasion de Paris 2.0’.

Ante la pregunta sobre represalias por parte de Taito, creador del mítico juego, responde que sus obras son un homenaje, y los personajes son realmente combinaciones de los aparecidos en el juego. De la misma forma, han llegado a él imágenes de invaders en ciudades que jamás ha visitado, algo que le halaga, en lugar de ofenderle. En lugar de reivindicar su autoría, prefiere que su idea de invadir el espacio de vida de la gente de todo el mundo siga creciendo.

En los últimos años explora una fase más evolucionada, el Rubikcubismo, en el que los millones de combinaciones posibles de innumerables cubos de Rubik dan otra profundidad y otra escala a sus últimas obras. Pero eso no implica que haya parado su actividad invasora, ampliando su lista de invasores todas las semanas, y celebrando en 2011 su pieza número 1000 con una gran exposición monográfica en la Galerie Le Feuvre, y convirtiéndose en un claro referente para otros francófonos que se han sumado a la moda del pixel.

Después de tanto pixel, lo único que puede uno pensar es… ¿una partidita?

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