San Telmo: arquitectura, urbanismo, paisaje e historia

Desde el pasado año 2011 en la capital guipuzcoana, y asimismo futura Capital Europea de la Cultura ’16, podemos disfrutar de la rehabilitación y ampliación de un antiguo convento dominico del siglo XVI bautizado como Museo San Telmo.

Éste, en concreto, evoca un muro vegetal quebrado con el que tratan de solucionar un límite nunca completamente resuelto: el límite entre el paisaje natural y artificial.

 

La obra fue como una novela de Umberto Eco o como uno de esos thrillers históricos al estilo de La catedral del mar. A medida que iba avanzando la rehabilitación y ampliación las piedras empezaban a hablar. Efectivamente, en el viejo edificio -que ha sido convento, cuartel, hospital y desde 1932, museo- primero fueron unos monjes del siglo XVII. Después, una pequeña cripta bajo el altar de la iglesia que ni siquiera aparecía en los planos de la época, y finalmente, unos frescos inesperados en el ábside.

Supongo que no me equivocaré si dijera que tanto los arquitectos como la obra se vieron obligados a estar bajo la atenta mirada que tanto disgusta, a veces, de todo aquel que defiende hasta al final el mantenimiento de la memoria histórica. No obstante, hicieron desaparecer algunas ampliaciones previas además de una complicada labor de rehabilitación y retejado de la cubierta de la iglesia.

El edificio original es un ejemplar único en la arquitectura guipuzcoana ya que fusiona los estilos gótico y renacentista, conformando un estilo que se ha llegado a etiquetar como arquitectura “isabelina”. Además, se trata de uno de los edificios históricos más antiguos de San Sebastián donde una de sus peculiaridades es la ubicación del claustro, erigido al pie de la iglesia en vez de en el lateral, debido a la proximidad del monte Urgull.

Al lado del edifico viejo, pegado al monte Urgull y casi de espaldas el mar Cantábrico, se levanta la ampliación. Un pabellón que a su vez oculta en su interior dos nuevos pabellones que acogen parte de las exposiciones temporales, salas didácticas, una cafetería y los accesos, donde la unión física de ambos espacios museísticos hace posible la circulación interna de sus visitantes de un espacio al otro.

El nuevo ala completa, además, la nueva estética de la Plaza de Zuloaga y permite un mayor uso ciudadano, más resguardada que antes, convirtiéndose así en el “nuevo vestíbulo de entrada al edificio”.

En un principio, el museo se concibió como “museo de la sociedad vasca”. Sin embargo, hoy es llamado Museo de Sociedad Vasca y Ciudadanía, para los más quisquillosos, donde por un lado se explica la historia e imaginarios vascos y por otro, se busca un nuevo uso moderno del edificio y el respeto a su personalidad histórica. Quizás esto se deba a querer recordar que los dominicos decidieron consagrar el convento a San Telmo, patrón de los hombres de la mar.

La fachada

La fachada, uno de los elementos singulares con los que cuenta el nuevo edificio, se realizó en colaboración con los artistas Leopoldo Ferrán y Agustina Otero a partir de un juego combinatorio de piezas de fundición perforados en diversos ángulos de tal manera que dejan pasar el musgo, liquen y otras especies con la intención, según ciertas fuentes, de que eventualmente lleguen a rodear todo el edificio y así desvanecerse para fundirse con la vegetación del monte. Sin embargo, la escultora planteó:

“Queríamos otorgar al muro un aspecto dinámico y orgánico. No es un muro vegetal, sino una invitación a que la vegetación emerja”.

La idea inicial para la fachada se les ocurrió en uno de los muchos paseos que los arquitectos se dieron junto con los artistas por el Monte Urgull situado detrás del museo, donde la piedra se encuentra erosionada debido a la presencia del mar y en cuyas concavidades a menudo aparece la misma vegetación. Con esta metáfora los autores del muro justifican su profundidad y ligereza:

“En el corazón de todo proyecto arquitectónico anida el reconocimiento del límite como concepto que determina su configuración espacial y formal. Que la materialización de ese límite se manifieste de un modo nítido o difuso, con dureza o suavidad, expresando levedad o peso, no es una decisión sin importancia, puesto que refleja en sí misma una toma de postura ante las múltiples discontinuidades a las que se enfrentan las ciudades contemporáneas. En pocos casos esas discontinuidades se yuxtaponen de manera tan clara y no obstante armoniosa como en en la franja de encuentro entre el Monte Urgull y la Parte Vieja de San Sebastián: entre la naturaleza y la ciudad; el plano horizontal y la elevación topográfica; la tierra y el mar; los edificios históricos y las construcciones actuales. Tal vez por esa razón el proyecto de rehabilitación y ampliación del Museo de San Telmo, ubicado en la confluencia del paisaje natural y el paisaje urbano, exigiera una respuesta consciente de la propia condición fronteriza del emplazamiento, representada por la imagen de un largo muro quebrado como manifestación de la oposición naturaleza/artificio que late en el proyecto.

Una pantalla o celosía, desarrollada a partir de un juego combinatorio de piezas de fundición de aluminio expresamente concebidas para esta ocasión, se transforma así en una insólita intervención que reconoce el papel de la arquitectura en relación al arte público. La nueva ampliación del Museo de San Telmo modificará su aspecto en el transcurso de las estaciones, integrándose en la vegetación del Monte Urgull o manifestando su autonomía en un largo y quebrado muro inacabado: inesperada metáfora del impreciso límite donde la arquitectura y la ciudad se encuentran con el paisaje.”

Vía Proiek

Realmente la intervención es de lo más respetuosa con el entorno, el edificio y topografía existentes donde las distintas reflexiones sobre arquitectura, urbanismo, paisaje e historia confluyen en una única solución de lo más acertada y sin hacer ruido.

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